Ancha es Castilla, salvo para los agricultores castellanos
By Gabriel de la Mora on Dic 14, 2009 in General, Agricultura, Salamanca, Castilla y León, Estructuras
Todo comenzó cuando en la República algunas fincas fueron expropiadas y entregadas a colonos, obreros y campesinos, sabe Dios la suerte que tuvieron cuando el nuevo régimen franquista no revirtió aquellas tierras, ganadas por la reforma agraria. En los años 40 ya eran muchas las parcelas, pequeñas pero propias, que estos campesinos con sus mulas, sembraban al tercio, con trigo de cabeza, como único recurso para su subsistencia, más alguna algarroba o veza. Eran los años de compartir el alimento con los bueyes, algunos de los cuales podían llegar a comer mejor que muchos de aquellos campesinos más pobres.
Allá por los 50 se produjo el segundo hecho trascendente, la concentración parcelaria. Uno de los momentos más felices de algunos de nuestros abuelos. Aquella gran cantidad de exiguas parcelillas, que labraban a mula o buey, y que requerían cantidad de tiempo y esfuerzo, se convirtieron de la noche a la mañana en unas pocas tierras de una extensión suficiente como para hacer caer las lágrimas a muchos. Ahora el surco era más largo, había que dar menos vueltas, y el campesino era un poco más feliz, también se levantaba un poco más tarde. Y sobre todo se veía propietario de unos terrenos, que desperdigados no eran nada, pero que en un solo cuerpo tenían una presencia verdaderamente real.
Poco tiempo después surgió una nueva oportunidad, las explotaciones colectivas de la tierra, con apoyo económico gubernamental, para la compra de un tractor. Así se juntaban unos cuantos campesinos y entre ellos se ponían de acuerdo en qué sembrarían, con el tractor y pagándole un sueldo a uno de ellos como tractorista. Qué feliz aquel que después de más de treinta años podía arar sus tierras, junto con la de sus vecinos, montado en un pequeño tractor, suficiente para las treinta o cuarenta hectáreas, que podían sumar entre todos. Ahora si que ya no hacía falta salir a las dos o las tres de la mañana para llegar a las tierras, en aquellos tiempos fríos y oscuros de la posguerra.
Con el tiempo la comunidad se deshizo, todos sabían dónde estaba la linde. Los incipientes agricultores pensaron que ya era tiempo de caminar por su cuenta y el que arriesgó se compró un tractor, todavía siguen algunos de aquellos tractores en las eras. Al tiempo vinieron los sondeos, poco a poco nuestro campesino introdujo el riego en algunas de sus parcelas: la remolacha, la patata, empezaban a asomar por Castilla. Y como colofón, con el nuevo tractor y los arados cambió la alternativa del secano, si hasta hacía poco el año y vez, incluso el cultivo al tercio era lo dominante, el barbecho fue sustituido por la cebada. El cultivo continuo acabó estableciéndose.
Nuestro ya agricultor aumentó sus ingresos, lo que le posibilitó invertir en nuevos sondeos, e incluso aumentar el tamaño de su pequeña propiedad, (también llegó el televisor y quizá la nevera). Para amplicar tierras arrendamiento, aparcería e incluso compra de nuevas parcelas, de aquellos familiares que ya en los años 60 y 70 abandonaron el pueblo, dadas las mejores oportunidades que encontraron lejos en la ciudad. Con la renta que percibieron (y que siguen percibiendo) de su primo del pueblo, los inicios urbanitas no se hicieron tan duros, como las de los jornaleros del sur, que también emigraron a las grandes ciudades.
La mayoría de aquellos campesinos sin embargo no han llegado a alcanzar grandes extensiones de terreno, 25-50 ha, quizás una cuarta, o la mitad de regadío. Pero ya en la hora de la jubilación del viejo campesino, los hijos, plenamente agricultores, llegaron a comprar más y más máquinas, sobrepasando ampliamente la dimensión de la explotación, hasta el punto de convertirse en empresas de servicios, familiares de servicios, pues las relaciones de ayuda mutua y trueque de trabajo, fueron y siguen siendo en muchos lugares, más frecuentes que la contraprestación monetaria. Vertederas más grandes, cultivadores, sembradoras de precisión, más tractores, cosechadoras de patata, de remolacha, etc. La tierra, siempre la gran limitante, para este modelo.
Hoy convertidos en pequeños agricultores sobremecanizados tienen un futuro incierto, quizá más próximo a la empresa de servicios y la maquinaria que al cultivo del trigo, la cebada o la patata. Pero al menos los tiempos de miseria ya pasaron.
El segundo tractor, comprado en los 80. A la izquierda se puede observar lo que quizás es una caseta para riego.
Riolobos, Campo de Peñaranda, Salamanca
Ahora estudiantes de pacotilla, como servidor, leen en libros de geógrafos y demás intelectualidad lo que parece ser que sucedió en las tierras castellanas, no muy alejado de lo que su abuelo le había contado después del rutinario cocido (lunes, miércoles y viernes), al mediodía, después del parte de las 2, aquel que antes era de guerra y que ahora sólo es rosa o de sucesos. Sólo que el geógrafo omitió aquello de la reforma agraria y la concentración parcelaria.
Según el intelectual, catedrático geógrafo vallisoletano, a finales de los años 50 se produjo el estancamiento de los precios del trigo, tras varios años de subidas intencionadas por el Gobierno, para incrementar la producción triguera. Eso supuso una crisis agraria, al aumentar los costes de producción y estancarse los precios. La mecanización fue la solución desarrollada por los campesinos castellanos, para reducir sus costos, aumentando la productividad. Hasta que en los 60 se produjo la total revolución, de mano de aquellos que se habían modernizado mecanizándose, mediante la introducción de la cebada, no sustituyéndola por el trigo, como pretendía el Gobierno mediante la manipulación de los precios, sino mediante el paso de la rotación al tercio o de año y vez, hacia el cultivo continuo. Se incrementaron los ingresos ante la favorable coyuntura, que por un lado expulsó a los que no se habían mecanizado a la ciudad, a la vez que daba oportunidades de ahorro a los que se quedaron y que con inteligencia, aumentaron la dimensión de las fincas e invirtieron en regadíos, empezando a cultivar remolacha, patata y maíz.
Si bien, como dice el geógrafo, desarrollo desajustado, desadaptado, desacompasado, parcial e involutivo. Algunos de los epítetos utilizados. Hasta explotadores denomina a los obreros de la ciudad, que perciben las rentas de sus hermanos del pueblo.
“Desarrollo y atonía en Castilla”, de Jesús García Fernández, de la editorial Ariel, es el libro comentado, y casi 30 años después de su publicación, los hechos hablan por sí mismos.
Ante la crisis agraria el campesino se comportó con mentalidad de empresa industrial, efectivamente, aumentó su productividad desaforadamente, reventando el tópico, que yo mantengo con matices no para Castilla, si no para las comarcas de León, de que en el campo no quedó lo más dinámico, si no todo lo contrario. De hecho la cuestión es que las ciudades castellanas, fueron incapaces de absorber esa mano de obra, pues fue la industrialización urbana la que no acompañó a la revolución agraria. Así el éxodo castellano no se produjo a Salamanca, Valladolid o Burgos, si no a Madrid, Barcelona o Bilbao, cuando no a Suiza o Alemania. Aquel éxodo rural produjo un mundo rural más agrario todavía, pues al disminuir la población los servicios y las clases profesionales se replegaron a la ciudad, como todavía hoy pasa, pero en las comarcas leonesas, del oeste.
Desajustado, desadaptado, desacompasado, parcial e involutivo por la simple razón de que aquellos cultivos que dieron vida al pequeño campesino poco a poco se convirtieron en cultivos-problema que además intensificaron la despoblación, ya en 1981, cuando este libro fue editado. Entonces la producción era tan grande que los precios debían ir hacia abajo, contra los ingresos de los agricultores. Cultivos que hoy todavía no han sido sustituidos por otros.
Trigo, cebada, remolacha, patata y maíz, siguen formando la alternativa castellana del secano y el regadío…
p.d.
Aunque hoy habría que introducir nuevos parámetros para ese mundo rural castellano, y es que muchos de aquellos emigrantes a partir de los años 90 han vuelto, para quedarse. Fontaneros, albañiles, camioneros, ebanistas, hasta ex-policias, etc. Algunos jubilados y otros en activo han vuelto para construirse su casa y votar en las elecciones locales. Sin contar con aquellos que han cambiado su residencia urbana por la del pueblo, dada la carestía de la vivienda urbana, pero que siguen haciendo vida urbanita y van y vuelven.Y la PAC, que mantiene la agonía de esos mismos cultivos, haciendo parásitos a los ganaderos del oeste, pero manteniendo relativamente dinámicos y productivos a los agricultores del este, los castellanos. Aún siguen por la senda productivista, a ver quién pasa de los 6.000 Kg/ha de cereal, los 15.000 kg/ha de maíz o los 50.000 kg de patatas, a expensas de que los precios acompañen, porque en realidad la sustitución de precios manipulados por ayudas directas aún no se ha producido tan profundamente, como en el mundo ganadero, donde a nadie importa ya producir más terneros por vaca y año, si no declarar las hectáreas y las cabezas suficientes como para cobrar la subvención.
Para qué producir más, si quien necesita ese alimento no tiene dinero para pagarlo, que es lo que en realidad sucede.
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