Coger la daba o el papel de los intelectuales
By Gabriel de la Mora on Dic 13, 2009 in General, Estructuras, Bolivia
Hace unos días estuve en cierto foro sobre cooperación universitaria al desarrollo. Catedráticos, profesores, científicos, políticos, y algún estudiante despistado como yo…
Hoy vamos a ver qué es coger la daba, según un agrónomo escribiente en 1976.
Coger la daba, o el papel de los intelectuales
Hoy ya sabemos en Francia lo que es la daba: esa pequeña azada de mango corto que usan los campesinos africanos.
Hay mucho qie decir acerca de la daba; para empezar, en los manuales de geografía de los viejos tiempos nos enseñaron que su corto mango era con toda seguridad inferior en eficacia al de nuestras herramientas europeas. Recuerdo una fotografía de uno de tales manuales; según la leyenda que acompañaba a aquella fotografía, se les habían proporcionado herramientas de mango largo a unos campesinos africanos y éstos, ni cortos ni perezosos, se lo habían cortado. ¡Desesperante muestra de primitivismo!
Si alguno de vosotros ha trabajado con la daba -o con la azada de vuestro abuelo de Corrèza o Saboya- no diría lo mismo. Con la daba se trabaja completamente doblado; el esfuerzo realizado por los brazos se limita a afectuar un movimiento pendular. Con la azada europea trabajas erecto, pero tus brazos tienen que hacer el esfuerzo de levantar la herramienta. En primer caso, se trata de adoptar una determinada doblez y un ritmo. En el segundo, de repetir un esfuerzo discontinuo. No veo en absoluto por qué un procedimiento haya de ser superior al otro.
Además, existen muchas razones para que esta herramienta africana tenga el mango corto. En África se acostumbra a labrar e inmediatamente después sembrar con granos tales como el cacahuete, el maíz, etc. Con la daba, la mano izquierda que contiene el grano se encuentra cerca del suelo y puede sembrar fácilmente mientras que la otra, provista de la herramienta, efectúa la labor previa. Lo mismo ocurre con la escarda: con la mano izquierda se arrancan las hierbas mientras se escarda con la mano derecha.
Hablemos ahora de la hoja de la daba, que generalmente tiene una inclinación de 45º con respecto al mango. Visité una vez a un agrónomo que había escrito un libro excelentemente reputado sobre cierta etnia de las sabanas; le pregunté, a propósito de una daba que colgaba de la pared de su despacho parisino, por la razón de tal disposición de la hoja. ¡Por toda razón, sólo supo invocar la “costumbre!
Más tarde descubrí al menos dos razones para esta disposición de la hoja que forma un ángulo de 45º con el mango.
La primera es que el agujero de la hoja para colocación del mango no es perpendicular a su eje como en nuestras azadas, sino paralelo, lo que facilita su realización por el herrero; se trata más bien de un tubo forjado que prolonga la hoja. Para la enmangadura se emplea el arranque de una rama en un árbol, utilizando el tronco como mango y la rama para enmangarlo con la hoja. Y como la rama forma con el tronco un ángulo de 45º, esto explica la inclinación de la hoja con respecto al mango.
La segunda razón es que una daba así enmangada se lleva cómodamente en la cabeza, con la hoja apoyada encima, o al hombro, con la hoja en el omoplato.Quizás esto sólo sea una consecuencia; la búsqueda de causalidades sólo tiene aquí interés metodológico. Esta búsqueda es la que permite descubrir el conjunto de hechos articulados que forman una cultura pero que, aunque se deduzcan unos de otros, no podrían considerarse más importantes.
Antes de pretender modificar tal o cual práctica, hay que llevar a cabo este descubrimiento lento, paciente y respetuoso de la cultura de que se trate. Si no se reconoce esta cultura -si no se la respeta; yo no digo que no haya que cambiar nada-, ninguna modificación podría tener un impacto real y profundo sobre las cosas.
Es evidente que aquel que desprecia al africano por cortar el mango a la herramienta que el blanco le ha dado, no ha entendido nada, igual que aquel que atribuye a una costumbre gratuita la forma de la herramienta. No se ha metido dentro; no ha cogido la daba.
No voy a decir que los intelectuales no tengan ninguna función útil en la sociedad simplemente porque buen número de ellos no sirvan para nada. No diré tampoco que haya que enviarlos a todos al campo o a las minas, aunque pienso que no les vendría mal de cuando en cuando. Creo que un intelectual debe ante todo servirse de su inteligencia y que esta inteligencia tiene un papel que cumplir, que existe un oficio de intelectual, como le gusta repeti a J.M. Domenach.
Reconozcamos que pocos intelectuales respetan su oficio, la dignidad de su oficio y su herramienta de trabajo, constituida por sus sentidos, su cerebro. Por el contrario, la arrastran entre el ruido, la agitación y la diversión; entre largas y estériles discusiones sobre libros y cosas de moda.
No creo que el oficio de intelectual pueda desempeñarlo cualquiera. Igual que cualquiera no puede convertirse en minero o agricultor de la noche a la mañana.
Arthur Young, aquel agrónomo inglés que describió sus viajes por Francia en 1788 y 1789, documento precioso y relato apasionante, pese a ser un notable agrónomo y un lúcido y penetrante observador de la realidad francesa de su época, fue en su tiempo un deplorable jefe de explotación agrícola, que llevó a la ruina la granja que su padre le había dejado. Se puede hablar inteligentemente de agricultura sin ser agricultor, ni capaz de serlo. Igual que se puede ser biólogo sin ser capaz de ser médico o cirujano.
Pero también se puede hablar con toda estupidez de agricultura, se sea o no capaz de ser agricultor. ¿Dónde está la diferencia? Es decir, ¿dónde se sitúa la función útil de un intelectual?
Puedo dar un ejemplo; podría dar muchos, pero prefiero éste. La región de la meseta de Dayes, en Togo, está ocupada por una veintena de miles de habitantes en su mayoría agricultores. Cuando uno va por primera vez a esta región, le da la impresión de estar en una sabana muy poco ocupada por sus cultivos. Pero si se miran las cosas con más detalle, uno se da cuenta de que, para el sistema tradicional, la tierra está efectivamente ocupada. Un agricultor cultiva por término medio 15 áreas por persona de su familia y año. Entre cada período de cultivo deja un barbecho de 5 años. Por consiguiente, el sistema de cultivo ocupa 6 veces 15 áreas por individuo, esto es, alrededor de 1 hectárea. Mas como hay cinco superficies en barbecho por una cultivada, se puede tener la impresión de estar ante un terreno prácticamente inculto.
Hay más o menos 20.000 ha cultivables en la meseta, de manera que, si comparamos esas 20.000 ha cultivables con las 20.000 personas que habitan la región, hemos de pensar que, teniendo en cuenta que la población continúa creciendo y que las posibilidades de empleo exterior en la agricultura son escasas, las disponibilidades alimenticias han alcanzado, con el actual sistema de cultivo, un límite más allá del cual solo pueden disminuir. En consecuencia, si el sistema de cultivo no cambia hacia una mayor intensificación, la tendencia es hacia el surgimiento de situaciones de hambre. La primera de las urgencias en esta región es trabajar en la transformación del sistema de cultivo tradicional, en el sentido de una mayor intensividad y del respeto de la fertilidad de los suelos, lo que exige la experimentación de nuevas rotaciones.
El intelectual que sólo haya visto los campos yermos (y que tal vez aconseje el aprovechamiento de los campos yermos con gran despliegue de medios y de capitales) no es sólo inútil, sino gravemente perjudicial para la población de la región. Por el contrario, aquel que haya visto y comprendido la rotación tradicionalmente observada, sus causas y sus consecuencias, puede cumplir su función: ayudara ver más allá de lo inmediato, ayudar a controlar las evoluciones.
Otra función subsidiaria de ésta consiste en escribir, en tomar nota. Pero muchas veces el intelectual sería más útil, si antes de lanzarse a escribir cosas que surgen de él mismo, supiera prestar a los demás, a aquellos que tienen algo que decir -en realidad la mayoría de la gente-, su herramienta de trabajo, es decir, su pluma, para ayudarles a expresarse.
No digo que ya no haga falta una especialización intelectual, tan sólo digo que el intelectual empiece por observar y escuchar y, para ello, que coja la daba. No digo que se convierta en obrero, artesano o agricultor, sino que conozca de qué habla a través de la práctica. Indudablemente, el ideal sería que el intelectual practicara un trabajo manual que le asegurase esa participación en la práctica, aunque fuera simbólicamente. Es una idea que no tiene nada de original, pues ya fue estimada entre los antiguos judíos y parece reaparecer hoy entre los chinos. Lo original sería ponerla en práctica.
“Las mayores revoluciones, en todos los órdenes, no se han realizado por obra de ideas extraordinarias y es incluso lo propio del genio proceder a través de las ideas más simples. Sólo que, en épocas normales, las ideas simples vagan como fantasmas de un sueño. Cuando una idea simple se corporeiza, se produce una revolución”. (Charles Péguy.)
F. de Ravignan, artículo publicado en “Esprit, mayo de 1976.
Hoy ya existen metodologías como las “Escuelas de Campo”, “de campesino a campesino”, etc. ideadas y realizadas por técnicos nativos.
Investigación participativa, conjugación de saberes locales y científicos, y todas estos conceptos y palabras ahora vanidosas, provienen de las experiencias de aquellos agrónomos, hoy ya antiguos, que pasaron muchos años conociendo los éxitos y sobre todo fracasos de los planes de desarrollo agrario, venidos del Norte, para salvar al Sur, de la pobreza y el subdesarrollo.
Aplicable a toda agricultura de cualquier lugar del mundo, en cualquier momento de su historia.
Eso significa que todo agrónomo del centro-oeste español qué menos que debiera conocer los intríngulis de la explotación tradicional de la dehesa o el secano castellano, antes de recomendar el pack, recomendado a su vez por no se qué centros de investigación y universidades.
Y ni qué decir tiene, si esa agricultura está a decenas de miles de kilómetros.
p.d.Y para que luego no digan que no me curro las entradas de este blog también pondré un ejemplo, conocido a través de un viejo agrónomo, quemadisimo por su edad, jubilado en Chuquisaca.
Contaba este hombre que no hace tantos años se consiguieron unos fondos de desarrollo, de cierta institución de cŕedito mundial, para llevar a cabo un proyecto de mejora de ciertas pampas, como llaman allí a los llanos. Por aquel lugar recóndito se hizo venir a cierto reconocido consultor agrónomo uruguayo, que tras pasar unos días observando la zona recomendó la introducción de miles de ovinos, puesto que el potencial pascícola observado parecía merecer una carga ganadera interesante. Tan bonito quedó el poblar de miles de ovejas, para lana y carne, en aquellas pampas “yermas”, que inmediatamente se hizo caso y se realizaron los desembolsos, mandando a su casa previamente a los objetores del proyecto, técnicos de la zona, conocedores del terreno.
Al cabo de un par de años no quedó ni una sola oveja, dada la altura del lugar, la mitad murieron por problemas cardíacos. La otra mitad murió de hambre y frío, pues las pampas estaban a 3.000 metros de altura y la época de pastos sólo era temporal.
Si se hubieran preocupado de conocer cual era el sistema tradicional, basado en el aprovechamiento temporal por camélidos, por los antiguos habitantes de aquella zona, estas cosas no hubieran pasado…
Me encanta este artículo. Lo que no me gusta es que lleve esta verdad circulando tantos años por ahí y no sea decreto ley. Obligatorio coger la daba para todos y cada uno de los expertos en agricultura que nos amargan la vida cada día con sus ideas de bombero.
Hay en mi zona un tema que me inquieta:
Los de medio ambiente, con esa obsesión que tienen en controlar el agua, han decidido que hay que tapar todas y cada una de las acequias de riego. No soy capaz de decidir si es una idea acertada o no. Como yo, los más viejos del lugar arrugan el ceño y dudan. Si lo dicen los expertos, que son los que de verdad saben, como vamos a discutirles nosotros que somos los analfabetos. Este complejo pesa tanto en el mundo rural, que es la mayor causa de nuestra ruina.
No tengo la suficiente experiencia ni juicio para decidir si tapar todas las acequias es una buena idea. Pero sí tengo juicio para pensar que, si a lo largo de cientos de años, a ningún agricultor se le ocurrió como forma de ahorrar agua, no sería porque aquellos hombres no cavilaran día y noche como trabajar menos y mejor. Si ni los moros, ni las generaciones que vinieron detrás taparon las acequias de riego ¿era porque eran más tontos que los expertos de ahora?
Umm, algo me dice que no.
Susana | Dic 14, 2009 | Reply
La cuestión es que el precio del agua, para el experto, está subsidiado por el Gobierno, el agricultor paga poco precio por ella, y por tanto no estaría incentivado para ahorrarla. Y por eso se consumiría y despilfarraría en muchos casos tanta agua. La agricultura según dicen consume el 80%
Varias soluciones:
1. Se sube el precio del agua y ya se apañarán los agricultores aumentando su eficiencia en el uso de la misma, poco a poco. Cambiando sus regadíos por otros más eficientes en el uso de tal materia prima.
2. Mandamos a los técnicos a que persuadan a los agricultores de que el agua es escasa y proponemos el cambio tecnológico “adecuado” a sus necesidades, quizá sin tener que subir tanto el precio del agua, o quizá antes de subirlo. Si al menos las obras están subsidiadas…
3. Otra solución es la creación de mercados del agua. Al subir el precio del agua a muchos no les saldrá rentable regar, si pudieran vender sus derechos de riego a otros agricultores, se supone más eficientes, que estuvieran interesados, se produciría una redistribución del uso del agua, de zonas que utilizan “mal” el agua a zonas que utilizan bien el “agua”. De la agricultura marginal a la agricultura rentable.
En fin, no conozco en profundidad el tema, pero sí es cierto que la cuestión del agua es grave, y que hay que cambiar muchas cosas en nuestros sistemas agrarios, entre ellas el uso que hacemos del agua.
Salu2
pd. Recordemos que eficiencia es hacer lo más, con lo menos posible. Cultivar lo mismo con menos agua y menores costes (también menos gente)
Gabriel de la Mora González | Dic 15, 2009 | Reply